Iniciativa

Cantinas, bares y tugurios de Salamanca en los 80s

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(Sólo para conocedores)
Sus típicas puertas eran abatibles y tenían claramente visible un letrero que hoy sería muy áspero para las generaciones de cristal: “Se prohíbe la entrada a mujeres y uniformados”. Así de claro y rotundo decía el cartelito pegado o rotulado en la entrada con subrayada normalidad, percibido a todas luces cuando uno estaba a punto de cruzar el umbral de estos templos de la sabiduría y del buen vivir, allí en ese entorno reservadamente masculino “donde bajan los dioses sin ser vistos”, -como alude la citada letra musical de Serrat-, que me viene providencialmente a la mente al invocar las insondables vivencias de aquellas noches y madrugadas en los bares, cantinas y tugurios de una Salamanca que era pacífica, cuando todavía se podía regresar a casa caminando tranquilamente desde cualquier punto de la ciudad a las 3 de la mañana. Había tantos lugares de tentación abiertos en ese entonces que nos inspiraban a portarnos mal, cuando corrían mis años de la prepa y la universidad allá por los principios de los ochenta.
Eran ilustres santuarios de la disipación, donde la estridencia de la música ranchera proveniente de la rockola, aunque no te gustara, era algo inevitable que se tenía que soportar, lo mismo que escuchar en vivo el repertorio de las canciones románticas de los llamados tríos o de plano aguantar las interpretaciones de las agrupaciones norteñas que se cuadraban en tu mesa para ver cuál canción se te antojaba ordenar por lo subido de copas.
Pero ciertamente, en medio de todo ese caos musical, había un placer meritorio en el sentido del gusto, porque en la hora de la botana no faltaba obligatoriamente el caldito de camarón de rigor para empezar a matar la cruda, los tacos de chicharrón, la moronga clásica de cerdo y el picadillo de res con papas en el plato de plástico que te ponían en la mesa sin envoltura de bolsa desechable, como ahora que es común en todas partes. Y después de la media noche, obviamente, no te podías perder los tacos de pastor y de bistec de la esquina, comprados a tu gusto por cualquier mesero que se lanzaba a traértelos por una propina de 5 pesos.
De esa época, de los inicios de los años ochenta, recuerdo aquí algunas de las cantinas, bares y tugurios que estaban en servicio en aquel entonces, porque en esos años de juventud compartía la buena costumbre con algunos amigos de hacer el llamado drinking tour, que hacíamos a veces con curiosidad mal sana para explorar el ambiente de los ghettos de la bebida espirituosa en Salamanca, para conocer todas las experiencias que nos podrían brindar, sin valor curricular obviamente, en una tarde-noche o madrugada de copas, una sola en cada lugar, con el reto de superar las marcas anteriores. Pero a veces la regla no se respetaba, porque si nos ganaba la espontaneidad en cualquier cantina o bar nos quedábamos felices a consumir dos, tres, cuatro o más bebidas al tope.
Enseguida algunos nombres y características de esos templos salmantinos de la bebida y la disipasión, ya desaparecidos la mayoría.
El Gambrinus, enfrente de la Plazoleta Hidalgo, donde hoy está Coppel. tenía barra, mesas y sillones acojinados, -frente a frente, como los de Vips- y un salón para jugar billar.
El Cid, en Albino García y Matamoros, decorado con arcos, columnas, lámparas colgantes con cadenas de una cruz de madera y mesas de estilo colonial.
El Bar 2 X en Zaragoza, sitio especial donde muchos jubilados de Pemex se veían casi a diario para beber cerveza y tequila. Por su condición de adultos mayores el ambiente era muy tranquilo, donde la plática era lo principal y casi nunca afortunadamente se usaba la rockola.
Los Hermanos Batalla, en Colón y Guerrero, un sitio para disfrutar de la buena botana principalmente-
El bar Impala, en la calle Obregón, casi esquina con Guerrero, un lugar de tradición con música en vivo, coctelería y servicio de distintas taquerías a la media noche-
Enfrente, en esquina de Guerrero y Obregón, el Bar Montecarlo, donde lo preferible era beber pura cerveza. En ocasiones, cuando se acababa el dinero, te aceptaban continuar la farra con el sistema de empeño de alguna prenda de valor.
El indio, en la calle Juárez y Neptuno, cerca de Nativitas, una cantina de mala fama, pero interesante por los personajes con los que te podías topar y su mar de historias puestas en la barra.
La cantina El Cielo, frente a la plazoleta Hidalgo, de ambiente tranquilo tórrido, asfixiante y claustrofóbico para algunos amigos, por sus paredes sin ventilación. Era un sitio muy económico para nuestro bolsillo, por eso valía la pena.
El Buches, tuvo varias direcciones, pero me viene a la memoria el que estaba ubicado en la calle Hidalgo, a mitad de la cuadra entre Zaragoza y Albino García. Su clientela mayoritaria eran petroleros, algunos con uniforme en horas de trabajo.
El Bar Manhattan en la calle Guerrero, magnífica botana, variedad de bebidas, música y muy buena atención de los cantineros. Un sitio donde se podía platicar sin molestias de ruido, con ocasionales vendedores de “quita culpas” como se conocía a toda la mercadería para niños y mujeres que algunos compraban para llegar a casa pedo pero con regalos.
El Mocambo, en la calle Hidalgo esquina con Neptuno. Un bar de lujo de ese entonces, engalanado con iluminación acorde, las mesas separadas a discreción y bebidas de todo tipo. Con una clientela muy exclusiva, mayoritariamente petrolera de buen nivel, políticos y líderes obreros, sin embargo, no era muy confiable porque a veces tuvo reyertas de antología.
Las Vegas, estaba en Guerrero y me parece que todavía existe en una esquina, de esa avenida, cerca de la calle Primavera. De esta cantina no tengo detalles, porque fueron de esos lugares fortuitos donde solo nos tomamos una copa o una cerveza para seguir en la ruta del Drinking Tour.
La Parroquia, en la calle Allende, a un costado de la Parroquia Antigua, un emblemático lugar atendido en la barra por el gran Tony, hoy dueño de Tonys Bar, famosísimo por sus bebidas levanta muertos, como la famosa Piedra y sus ricas micheladas de sabor. Un bar de periodistas de la época, comerciantes de la redonda, tablajeros del mercado, abogados y practicantes de diversos oficios. Una botana excelente y un ambiente de primera para ver en la televisión los partidos de futbol de la liga mexicana; si se podía en la sala privada donde atendían con todo lujo.
El bar Raymond, de los más viejos que recuerdo cuando estaba todavía ubicado en Juárez y Albino García, donde hoy es el Museo Hidalgo, ahí lo conocí en sus mejores tiempos. Para los miembros del Drinking Tour fue un lugar de paso, ya que su clientela nos veía con recelo por ser apenas unos chamacos de prepa y universitarios.
Las Playas. No se equivoquen, no me refiero al centro nocturno que donde trágicamente perdieron la vida varias inocentes personas en un ataque armado del crimen organizado, me refiero a la cantina que con ese mismo nombre estuvo en Juárez esquina con Obregón, al que conocí en sus últimos tiempos antes de que cerrara.
Bar Salamanca. Precisamente enfrente en la misma calle Obregón y Juárez, hoy esa ubicación es un estacionamiento. Sin ninguna referencia notable.
Salón Corona, ya desaparecido en la calle Juárez, frente a la librería de Jesús Puerta. Ahí lo mejor para consumir era la pura cerveza.
La Tequilera.- En Juárez, a la altura de la Zapatería Vallejo, sin detalle.
El Patio. Bar ubicado en la calle Tomasa Esteves, casi al llegar a la vía, fue famoso por su botana.
Centros nocturnos, sin comentarios off course.
Luces de New York, Los Colorines y Casa Blanca. Al margen el Centro Camionero que era un restaurant bar con otros atractivos.
Si alguien más recuerda otra cantina, bar o antro de aquellos tiempos dejen su comentario-

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