Iniciativa

Postdata (2021)

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Por Jesús Nieto Rueda

Era una noche de primavera en la calle de Rembrandt del viejo San Juan Mixcoac. Alejandro Céssar Rendón nos había invitado al grupo de alumnos de la clase de Guionismo a una representación teatral en su propia casa. Actuaban él y un amigo (¿era Germán Castillo?). El público asistente se había comprometido a llevar botana y vino para la convivencia después de la obra. En una de las evocaciones de ese «teatro de antes» recordó Rendón a sus maestros Margarita Mendoza y José Rojas. «Figúrate, hijo», era la frase que revoloteaba en la escena cargada de nostalgia.

Me llamó la atención y durante la tertulia posterior a la representación me acerqué para preguntarle al maestro si se refería a José Rojas Garcidueñas. Entonces me contó la anécdota de cómo conoció a Rojas y Mendoza.

Volví a casa del maestro Rendón para que me prestara aquellas fotografías parisinas, mismas que escaneé, y luego volví en alguna otra ocasión cuando me contó de más andanzas europeas. Había vivido en Italia, obsesionado con el cine, y de hecho acabó trabajando en la producción de un spaghetti western de Sergio Leone, ni más ni menos, escribiendo direcciones inventadas en sobres que simulaban cartas dentro de un saco de correo que aparecía unos segundos en una escena de la película en que el tren llegaba supuestamente a una ciudad fronteriza del norte de México o del sur de Estados Unidos. 

En su paso por Cinecittà en Roma incluso llegó a platicar con Federico Fellini a quien le pidió trabajo de lo que fuera, pues los ahorros menguaban con todo y que entonces el tipo de cambio favorecía al peso mexicano, pero evidentemente no se concretó. En una de las paredes de su casa en Mixcoac, Rendón tenía colgado un cartel de Los payasos del director italiano. Creo por culpa de él vi La Strada. El maestro usaba fragmentos del guion de esa película para ejemplificar alguna cuestión técnica. 

También habló de su pasión por las novelas de Jorge Amado y de cómo el médico lo tenía castigado después del infarto sin derecho al tabaco ni a la carne de cerdo… No eran tantos años pero, eso sí, muy bien vividos. Lo vi por última vez en el foro Rodolfo Usigli donde despidió a mi generación de la escuela de la SOGEM. Y murió meses después, en 2007. 

Recuerdo que Juan Diego Razo me llegó a confiar que cuando el maestro Rojas Garcidueñas empezó a repartir su biblioteca, a él le correspondieron algunos volúmenes que no le eran tan interesantes. No estoy seguro si fue iniciativa de Razo o de don Manuel Rojas Garcidueñas, una vez que había muerto don José, hacer un intercambio. Al biólogo, su hermano le había regalado no sé qué documentos relacionados con los temas de investigación de Razo. Pactaron la transacción y reacomodaron esa parte de la herencia. Ojalá que las impresiones originales de aquellas fotos de don José Rojas Garcidueñas hayan llegado a manos de alguien que las pueda apreciar. Y si se perdieron para siempre, al menos quedan aquí digitalizadas como testimonio de una experiencia del bachiller salmantino que acaba vinculándolo con el modernismo mexicano. Por cierto que, según una publicación en redes sociales por parte del Museo Nacional de Arte del INBAL en 2017, todo indica que la escultura de Arnulfo Domínguez Bello y la tumba de Julio Ruelas siguen en pie en el cementerio de Montparnasse. Si van a visitar la tumba de Ruelas, también pueden pasar a ver la de Porfirio Díaz. 

Aprecio la propuesta de Andrés Granados de digitalizar el texto publicado en Iniciativa hace quince años y permitirme agregar esta postdata.

Jesús Nieto Rueda, diciembre de 2021.


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