Iniciativa

A 30 años del Caso Molinet.

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Por Andrés Granados Dávila.

Hace treinta años, un 24 de marzo de 1992, la sociedad salmantina se conmocionó con un macabro asesinato, perpetrado con sobrada crueldad y sin miramiento en un domicilio de la colonia Bellavista, donde quedó el cuerpo de una mujer tirado en un charco de sangre con dos cuchillos clavados en la espalda y ocho heridas mortales.

Pero imagínense que rápidamente se encuentra a un culpable, como autor material, tan solo por tratarse de un adolescente ilustrado, un poeta acusado de satanismo porque en su dormitorio se hallaron libros de Stephen King y frases escritas en la pared con tintes “demoniacos”. Es la trágica historia de Pablo María Jonathan Molinet Aguilar, un estudiante de 17 años que al volver a su casa encuentra a la sirvienta apuñalada en el piso de la cocina, yaciendo en un lago de sangre.

El horrendo hecho fue calificado como crimen “narco satánico” y en una semana de averiguación sin más pruebas se le dictó formal prisión a Pablo Molinet por una mancha hemática en la suela de su zapato, la cual se produjo accidentalmente cuando el muchacho en estado de shock se acercó a la víctima para averiguar si aún tenía signos de vida. Las demás deducciones del ministerio público se basaron en una prueba psicológica al vapor y en las evidencias que supuso el hallazgo de libros “satánicos” y de terror, y frases de canciones de Pink Floyd y The Doors pintadas en las paredes de su recámara, más una “confesión” obtenida bajo tortura, en la cual el adolescente declaró que había cometido el asesinato bajo el influjo de la mariguana.

La prensa de nota roja tomó al pie de la letra la versión del ministerio público. Con amarillismo, los titulares en los diarios del día siguiente denominaron al caso Molinet como un crimen satánico, ilustrando las notas policiacas con abundantes fotos de la sirvienta asesinada en el piso, tomando como pruebas de cargo las portadas de los libros que Pablo leía y las llamadas “frases diabólicas” pintadas en la pared, que no eran más que fragmentos de algunas canciones de rock y de poesías que un chavo adolescente cultivado y sensible había tomado como parte de su identidad inconforme y rebelde con el mundo.

La sociedad salmantina se mostró consternada por las noticias, pero también se indignó por un suceso nunca visto, cuando Salamanca a principio de los años noventa era todavía una ciudad provinciana y tranquila. Días después de lo acontecido, se soltó el rumor de que Pablo Molinet sería liberado, porque era hijo de una familia adinerada que tenía fuertes influencias en el gobierno que podían evadir su castigo y su estancia en prisión.  

Esta versión corrió de boca en boca, sobre todo en la colonia donde tenía su domicilio la víctima, causando una ola de indignación que derivó en una espontánea marcha de protesta por distintas calles de la ciudad, portando cartulinas con leyendas de condena a Pablo Molinet, faltando solamente las antorchas para verse como una escena de la película “Canoa” de Felipe Cazals, porque la gente enardecida se agolpó a las puertas del antiguo penal de la calle Vasco de Quiroga, exigiendo la entrega del muchacho para lincharlo por su “satánico” crimen.

La policía de aquel entonces usaba unas camionetas con una caja alta trasera para levantar detenidos y llevarlos a prisión. Uno de esos vehículos fue utilizado con éxito para bloquear el acceso a la cárcel, mientras los policías hicieron valla para controlar a la multitud que gritaba muerte para el homicida.

Afortunadamente hace 30 años no existían las redes sociales, por su puesto, porque de ser así con el poder de movilización que tiene el Facebook la marcha de protesta se hubiera convertido en una multitud sin control y una tragedia de proporciones inconcebibles.

La mañana del martes 24 de marzo de aquel año de 1992 Pablo se despertó y se alistó de inmediato para irse a la preparatoria, pero siendo de naturaleza rebelde no se puso el uniforme escolar completo, solamente el pantalón. Llevaba puesta una camiseta rockera juvenil con letras al pecho y ese fue motivo suficiente para que el director del plantel lo rechazara a la entrada, una actitud frecuente que Pablo ya conocía por sus continuas indisciplinas ante el reglamento.

Se sabe que Pablo se dirigió entonces a buscar unos amigos en la prepa Salamanca, donde había iniciado el primer año, pero por causa de su insumisión habitual en su carácter de adolescente fue expulsado, siendo entonces inscrito en una escuela particular. Ese día de los hechos tenía un examen de español a las 12.00, que no podía dejar pasar, pues sus calificaciones se verían afectadas en el semestre. Así que hizo tiempo con sus anteriores compañeros mientras llegaba la hora, dirigiéndose después a su casa en la colonia Bellavista para ponerse la camisa oficial y regresar puntual a la escuela.

La sirvienta le planchó la camisa mientras Pablo hizo una llamada al colegio para saber si le permitirían entrar. Hasta ahí todo era un día normal. El muchacho salió apresurado y recorrió a pie las cuadras de distancia desde la calle La Venta hasta la avenida Aldama donde estaba el plantel particular. Presentó el examen y regresó a su domicilio en un taxi.

Un día después, el caso Molinet cimbró a todo Salamanca. El crimen no se conoció el mismo día porque hace tres décadas no era como ahora que las noticias vuelan instantáneamente. Incluso, si hubiese pasado en nuestros días el hallazgo de la sirvienta asesinada se hubiera transmitido “completamente en vivo” como dice la jerga periodística de nota roja. No fue así. A la mañana siguiente los puestos de periódicos no dieron abasto a la incesante demanda de los diarios, no obstante que se hicieron tirajes extraordinarios de miles sabiendo que era una noticia que todo mundo iba a querer saber a detalle. Con el denominador común a 8 columnas con letras rojas “Crimen Narco Satánico”, la ciudadanía se arrebató los periódicos ávida de conocer la información que involucraba a un chamaco de escasos 17 años, habitante de la colonia Bellavista, un sector acomodado de la sociedad salmantina donde reinaba siempre la tranquilidad.

Pablo Molitet a su corta edad era un poeta en ciernes, demasiado culto en comparación con los muchachos comunes de la preparatoria. Leía con pasión habitual y conocía perfectamente autores como Eliot, Joyce, García Márquez, Octavio Paz y se inclinaba también por lecturas “esotéricas” y de terror, como por ejemplo tenía como favoritas las obras de Stephen King. Le gustaba el rock y sus bandas preferidas eran Pink Floyd, The Doors y U2.

Es obvio que alguien así no podía decorar su habitación con posters de deportistas famosos, autos de carreras o mujeres en poca ropa. Las paredes de su habitación expresaban rebeldía juvenil con versos o frases de poesías, de letras de canciones en inglés, una de ellas decía “Soy un genio, nadie me puede agredir ni lastimar, el camino de los excesos conduce a la torre de la sabiduría” o esta otra “La quinta esencia es un susurro nocturno”, citas sacadas de la música de Pink Floyd y de los Doors.

La policía tomó fotografías de todo como pruebas incriminatorias y hasta se llevó un cuaderno con dibujos y poemas de Pablo como evidencias contundentes de que el chico estaba trastornado y tenía un perfil peligroso. Con esa actitud prejuiciada se lo llevaron bajo cargos de haber asesinado a su sirvienta. Luego, en una confesión culposa, obtenida bajo tortura, la policía agregó que el asesinato a puñaladas lo cometió drogado con mariguana, según la declaración levantada por el ministerio público.

Todo eso bastó para que en menos de una semana de investigación criminal se dictara el auto de formal prisión a Pablo Molinet Aguilar, culpable nada más por ser distinto, por ser insumiso, por gustar de los libros de terror, por apreciar la buena literatura, por ser dueño de una imaginación sensible a la poesía y a los misterios de la existencia, por vivir en otra realidad lejana de los convencionalismos sociales.

A diferencia de la ciudadanía, el brutal asesinato de la doméstica lo supe yo el mero día de los hechos, porque era reportero en el Sol de Salamanca y los martes cubría el descanso de Celestino Barrera, titular de la nota roja del diario, quien aparece en una foto donde Pablo rinde declaración junto a los abogados Carlos Fuentes Díaz y Javier Romero Quintanar.

Esa fatídica mañana, cuando la policía corría a toda prisa a investigar el hecho, por la frecuencia de radio del periódico se escuchó en clave el suceso y el jefe de redacción, Cesar Fernández, me gritó: “Órale Granados, no pierdas tiempo, vete a cubrir esa noticia.”

No soy afín al periodismo de nota roja. La sangre me provoca náuseas y temor. Pero ese día llegó Celestino a toda prisa y me salvó en la puerta del diario. Me dijo con tono de súplica: “deja yo voy a cubrir, ¿me das chance.?”

Pablo Molinet estuvo encarcelado en la antigua cárcel de Salamanca un par de años. Junto con mi amigo Víctor Hugo Rosiles Zamora, entonces director de prensa de municipio, llegamos a visitarlo varias ocasiones para platicar. Fue declarado libre cuando sus abogados defensores echaron abajo todas las inconsistencias del ministerio público, mediante pruebas periciales de rigor que comprobaron que por su consistencia física, su fuerza y su estatura, no podía haber clavado dos cuchillos en la espalda a la sirvienta, además de someterla, quererla estrangular con una cuerda de cortina, causarle otras heridas punzocortantes en la garganta y en un costado, todo al mismo tiempo, sin más rastros que una pequeña mancha de sangre en su zapato.

Aparte se comprobó que el tiempo que pasó entre que Pablo Molinet fue a la preparatoria y regreso a la casa no concordaba con la historia que armó el ministerio público para inculparlo, porque en escasos 20 minutos no pudo llegar a su casa, fumar mariguana, cortar una cuerda del cortinero para quererla estrangular, apuñalarla 8 veces y clavarle 2 cuchillos en la espalda yaciente en el piso. Después de esto Pablo tenía que haberse quitado la ropa ensangrentada y debió tener tiempo para lavarla o esconderla en algún lugar. Luego se pone la camisa obligatoria del uniforme y se retira corriendo a la escuela, recorriendo en ese lapso 12 cuadras para llegar muy tranquilo, como si nada, con apariencia normal a presentar su examen.

Pablo Molinet estuvo a punto de ser linchado por una turba enardecida por un rumor. Su vida se empañó a los 17 años acusado de matar a su sirvienta y fue encarcelado por meras especulaciones de la justicia, sustentadas en una mentalidad conservadora que prejuicio la apariencia y la personalidad de un adolescente. El caso Molinet trascendió de lo local a lo estatal y enseguida a lo nacional. Fue un caso penoso para el orden de la justicia guanajuatense a cargo del procurador de ese entonces Juan Miguel Alcántara Soria. En Salamanca gobernaba por primera vez el PAN, con Juan Manuel González García y vivíamos todavía en un municipio donde los crímenes eran una noticia aislada que lejanamente perturbaba a la gente. Ya se podrán imaginar el impacto que tuvo en la sociedad salmantina este hecho que recordamos. A 30 años de distancia, a sus 47 años, hoy Pablo Molinet es un poeta consumado y reconocido por la calidad de su obra en México y Latinoamérica.

Para mayor información o referencia pueden leer  «El caso Molinet» de Paco Ignacio Taiblo II y Víctor Ronquillo.


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