Iniciativa

El bachiller salmantino, París y la tumba de Julio Ruelas

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Por Jesús Nieto Rueda, con fotografías de Alejandro Céssar Rendón

Don José Rojas Garcidueñas, “El bachiller”, nació en Salamanca en 1912 y murió en la ciudad de México en 1981. Se licenció en derecho en 1938 y en 1954 concluyó una maestría en letras, ambos programas de la Universidad Nacional. Realizó trabajos de muy distinta índole en diversas instituciones, lo mismo fue gerente de la Orquesta Sinfónica de México que Director de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de Guanajuato, Consultor de la Dirección General de Límites y Aguas Internacionales de la Secretaría de Relaciones Exteriores que profesor del Pennsylvania State College. Igualmente fue miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística, la Academia Mexicana de la Lengua y de la Asociation Internationale de critiques d’art. Profesor, crítico teatral, ensayista, investigador, los títulos se acumulan.

Rojas Garcidueñas pasó en la ciudad de México buena parte de su vida y fue allí donde conoció a personajes célebres como el erudito sacerdote Ángel María Garibay K., el polígrafo Alfonso Reyes, el polémico intelectual José Vasconcelos y al escritor Efrén Hernández, originario por cierto de Silao. Éstas son sólo algunas de las personalidades que rondaron el departamento de la calle Bolívar que ocupaban el maestro Rojas y su esposa, la señora Margarita Mendoza López, también profesora de la UNAM y asesora teatral. Solía la pareja recibir visitas los días martes por la tarde y aquello se convertía en una verdadera tertulia donde los concurrentes comentaban y discutían sobre temas varios.

Muy acorde a ese disfrute de la conversación y el recreo de la mente son los escritos que tanto la maestra Margarita como don José tenían la costumbre de editar en breves tirajes para sus amigos en fechas navideñas. Cuentos, reflexiones y anécdotas se reúnen en El erudito y el jardín, publicado como una recopilación por la Academia Mexicana. En esos relatos decembrinos se suma al   aliento narrativo de este escritor salmantino el vasto caudal de conocimiento que poseía como investigador de teatro, arquitectura, historia y tantos otros temas.

Alejandro Céssar Rendón, escritor, director de teatro y fundador de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México, fue alumno, primero de don José y después de la maestra Margarita, y no obstante ignoraba que fueran marido y mujer. Una tarde en que fue a llevar algún trabajo a casa de la maestra preguntó asombrado: “¿Qué no es ésta la casa del  maestro Rojas Garcidueñas?” A partir de entonces visitó con frecuencia al matrimonio en aquellos días martes.

Viene esto a cuento porque Alejandro Rendón y don José decidieron hacer juntos un viaje a Europa. La estancia duró cerca de veinte días. París era una ciudad que don José ensoñaba con frecuencia, conocía de memoria el trazo de sus calles y se apasionaba al caminar reconociendo lugares que evocaba de sus lecturas. Caminaron por los barrios en que pululan los personajes de la novela En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, así como algunos de los sitios donde ocurrieron acontecimientos de la Revolución de 1789. Después, comentaba Rendón, el maestro Rojas hizo un gran coraje ante la construcción del centro de arte Georges Pompidou de un estilo contemporáneo que rompía con la atmósfera de uno de los barrios más viejos de la ciudad.

Entusiasmado, rebosante de ideas, recuerdos y sueños, don José evocaría los días de la Revista Moderna en que los artistas mexicanos hacían de París una segunda casa. Anduvieron, él y Rendón, los caminos de Montmartre, cita de pintores y poetas bohemios del siglo XIX. Y si hubiera una motivación principal para ir a esa ciudad, un capricho del alma, sería visitar la tumba de Julio Ruelas.

El 16 de septiembre de 1907 había fallecido en un hotel del boulevard Saint Michel el ilustrador cuya participación en la Revista Moderna, según el poeta Amado Nervo, provocó “en todos los círculos de América”:

Un movimiento de simpatía y de aplausos hacia el joven dibujante, que mostraba una inspiración tan nueva, tan poderosa e imprevista…[que] se ha convertido en una admiración sin reserva, a la cual ha seguido la convicción unánime de que Ruelas es el primer dibujante de la República y probablemente el más inspirado de América.

Según Julieta Ortiz del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, Ruelas había recibido una pensión del gobierno mexicano “para estudiar y continuar su perfeccionamiento de técnicas del grabado en París”. Sin embargo, la tuberculosis le impidió seguir adelante al joven artista nacido en 1870. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, a merced de su mecenas y amigo Jesús Luján.

En 1910 el escultor Arnulfo Domínguez Bello realizó un monumento sobre la tumba que incluye a una mujer yacente, a la cual Nervo refiere como: “desolada, vencida, trágica, una mujer de mármol […] cuya cabeza se hunde en no sé qué mare tenebrarum, cuya cabellera cae revuelta y desesperada hasta confundirse con el carrara”.

Frente al sepulcro de Julio Ruelas, don Pepe Rojas calla, medita, acaso converse en silencio. Tenía frente a sí, el fallecimiento de un México, aquel de finales del Porfiriato, ambicioso de cosmopolitismo, fascinado por las artes y el sistema de educación franceses. Él se había formado todavía en una época en la que París señoreaba indiscutiblemente como la capital de la cultura.

Ya que estaba en Montparnasse, el maestro Rojas aprovechó la ocasión para visitar el mausoleo del presidente oaxaqueño exiliado en Francia. Alejandro Rendón capturó en gelatina y plata algunos instantes de esa visita.

Nota: Alejandro Céssar Rendón falleció en la Ciudad de México la noche del 13 de enero del presente año, sea éste un breve homenaje póstumo.

 

 


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